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Un día para la memoria colectiva, una oportunidad única para abandonar el paradigma neoliberal

A pesar de que no comparto los análisis exaltados de algunos comentaristas, que califican la campaña electoral y el día de elecciones en los EEUU como el más grande de los espectáculos políticos del mundo, he de confesar que la victoria del demócrata Barack Obama sobre el republicano John McCain me ha emocionado y me llena de esperanza en que el futuro próximo de los EEUU –con las grandes implicaciones que conlleva para el resto del mundo– va a ver grandes esfuerzos de conciliación, inclusión y responsabilidad por parte de la administración Obama para con sus ciudadanos y con el resto del mundo, en un claro y honesto alejamiento de la visión política que ha dominado la política estadounidense desde la llegada al poder de Ronald Reagan en 1981, y que ha contaminado igualmente a demócratas como a republicanos.

Cierto es que los presidentes republicanos desde Reagan (George Bush sénior y junior) se han volcado de una manera mucho más vehemente en el conjunto de visiones, prácticas y valores conocidos como el paradigma neoliberal. Sin embargo, también es cierto que el presidente demócrata Bill Clinton abrazó alegremente muchos de los principios y prácticas de esta ideología. Fue precisamente él quien dijo “la era de los gobiernos grandes se ha acabado”, parafraseando de alguna manera la frase de Reagan “el gobierno es el problema no la solución”, y queriendo mantener alguna cercanía en la esperanza de no atemorizar a aquellos que mantenían la sabiduría convencional neoliberal, entre los cuales estaban muchos de los que financiaron su campaña electoral.

El concepto de libertad en los EEUU ha sido durante demasiado tiempo retratado y entendido por las élites político-económicas como la no injerencia del gobierno en los asuntos y, sobre todo, en los negocios propios. Esta asociación además de ser muy estrecha de miras tiene un sesgo muy importante, ya que ha sido ampliamente apoyada y promocionada por las élites y los adinerados y vendida de forma machacante al resto de la ciudadanía a través de la propaganda.

Sin embargo, existen visiones del concepto de libertad mucho más amplias e incluyentes. Entre ellas, por ejemplo, está la que propuso el premio Nobel de economía Amartya Sen. Según Sen la libertad no se puede entender si no es a través del desarrollo de las capacidades humanas, para que cada individuo pueda elegir entre diferentes maneras de pensar y qué tipo de vida quiere seguir. Esto conduce a un enriquecimiento de la vida de los seres humanos que nada tiene que ver con el enriquecimiento puramente económico asociado con la visión neoliberal de la libertad.

La cuestión de si la administración Obama dará un cambio de rumbo hacia un paradigma que englobe un conjunto de visiones, practicas y valores más incluyentes, igualitarios, responsables y consecuentes es quizás la cuestión más importante que se plantea tras su elección a la presidencia de los EEUU. No basta con llegar a la presidencia y seguir aplicando el mismo paradigma neoliberal que ha causado el descalabro socio-económico en el que nos encontramos.

Una de los aspectos más importantes de la victoria de Obama es el haber logrado algo que pocos presidentes han conseguido anteriormente. Con una participación electoral histórica en los EEUU, que según parece ronda el 65%, Obama ha conseguido unificar el voto de las más diversas profesiones y condiciones sociales. No solo lo han apoyado los afroamericanos, sino también mayoritariamente los hispanos, la clase media, las mujeres y la gente menor de 45 años. McCain por su parte recibió el apoyo mayoritario de los hombres blancos, los mayores de 45 años, los cristianos evangélicos y los conservadores.

El apoyo masivo a Obama no tiene como único o más importante aspecto su condición de afroamericano. De ser así solo los afroamericanos lo hubiesen votado. No, Obama ha sabido ofrecer esperanza de cambio a una muy diversa base ciudadana que ha visto durante las últimas décadas como su bienestar ha retrocedido en beneficio de una minoría rica e influyente y como la movilidad social se ha visto prácticamente anulada.

El neoliberalismo promueve la llamada “economía del goteo” (trickle-down economics en inglés) o economía de las migajas, como me gusta llamarla a mí. Es decir, el recorte de impuestos y libertad máxima de movimiento a empresas, negocios y ricos tiene, en teoría, un efecto beneficioso sobre el resto de la población que se beneficia de la riqueza creada de manera indirecta. Esta quimera del oro se nos ha vendido durante tres décadas sin que haya sido probada empíricamente en prácticamente ningún lugar del mundo, y forma parte de lo que el economista John Kenneth Galbraith llamaba “sabiduría convencional“. Recientemente un informe de la OCDE, organización no precisamente crítica del paradigma neoliberal, ha resaltado como la desigualdad y los niveles de pobreza han crecido y la movilidad social se ha estancado en los países pertenecientes a la organización desde mediados de los años 70 hasta nuestros días. Muchas otras organizaciones, investigadores y académicos han insistido sobre estos errores de la ideología neoliberal. Cualquier economista, sociólogo, politólogo que se precie ha de descartar cualquier afirmación no demostrada empíricamente durante un periodo tan extenso como tres décadas.

Se presenta una oportunidad única para la administración Obama. Jamás, desde el abandono del paradigma social-demócrata a partir de la década de los 70, se ha presentado una coyuntura como la actual que favoreciese un cambio hacia una forma de democracia más inclusiva, igualitaria, responsable y sostenible. Tras la victoria de Thatcher y Reagan, los gobiernos de ambos países ejercieron su gran influencia en los organismos y economía internacionales para impulsar el paradigma neoliberal. En esta ocasión única la administración Obama debería ejercer su peso para revertir ese proceso.

La mejor de las noticias para el gran abanico de ciudadanos de todas las profesiones y condiciones que han apoyado a Obama, y también para el resto del mundo, será un giro y abandono claro del dogma neoliberal que responda a las necesidades de la inmensa mayoría de los seres humanos y no a una élite de privilegiados en espera de que sus migajas nos lleguen a los demás.

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Trastorno económico bipolar (TEB)

“El trastorno afectivo bipolar (TAB), conocido popularmente como trastorno bipolar y antiguamente como psicosis maníaco-depresiva, es un trastorno del estado del ánimo que cuenta con períodos de depresión repetitivos (fases depresivas) que se alternan con temporadas de gran euforia (fases maníacas).”

“Los ciclos económicos pueden definirse como las oscilaciones de la expansión a la contracción de la Economía, que ocurren entre crisis sucesivas. El período más alto del ascenso se denomina auge. Todo ascenso culmina en un descenso.”

Hagamos caso omiso a los eufemismos que utilizan la mayoría de políticos y economistas para describir la actual crisis económica y que se repiten sin cesar desde los grandes medios de comunicación. No estamos presenciando el final de una fase de expansión de la economía, ni estamos entrando en una fase de contracción. No se puede culpar a unos cuantos directivos y/o accionistas de bancos de haber arrastrado, en sus ansias por el beneficio rápido, a todo el sistema a la crisis.

No, esta crisis es sistémica, es decir, afecta a todo el sistema en su conjunto, y tiene su origen en la tendencia del sistema capitalista de mercado a oscilar entre boom y crisis de manera incesante. Además, existe entre la ortodoxia político-económica de nuestros días una visión que lejos de presentar este aspecto como un problema a tratar, lo presenta como un episodio más en el ciclo por el que hay que pasar para que el sistema se depure. En particular la ideología político-económica neoliberal, promueve una visión (panacea) del sistema económico que otorga un papel minimalista al Estado que en todo caso solo ha de velar por el libre y buen funcionamiento del omnipotente mercado.

Así que tenemos un modelo económico que tiene una tendencia innata y patológica hacia la crisis o el boom, y una ideología político-económica reinante que encumbra y potencia esa patología argumentando que es lo mejor para la sociedad, que hay que dejar que la mano invisible del mercado actúe lo más libremente posible y que el Estado se retire de la vida publica. Ello nos conducirá, si no hemos llegado ya, a la mejor de las sociedades posibles.

Si sustituyésemos al sistema económico por una persona que tuviese una tendencia a sufrir temporadas alternantes de gran euforia con otras de profunda depresión, la prescripción facultativa neolibreal consistiría en dejar que esa persona crea que su comportamiento no solo es completamente normal, sino además el mejor de los comportamientos posibles para sí mismo y la sociedad. Además se recomendaría evitar a toda costa que ningún profesional de la psiquiatría pudiese intervenir y recomendar tratamiento alguno que condujese a un cambio de comportamiento.

¿Cuales serían las consecuencias de tal modo de actuación?, posiblemente terminaríamos matándonos entre todos o caeríamos en un completo caos social.

La visión político-económica neoliberal que impera en nuestros días comenzó a adquirir relevancia e influencia con la llegada al poder en la década de los 70 de Reagan y Margaret Thatcher en los EE.UU. y el R.U. respectivamente. Esta visión emana de la obra de Adam Smith y su famosa mano invisible, y posteriormente, entre otros, de Friedrich von Hayek, considerado el padre del pensamiento neoliberal. Hayek era un ardiente defensor del liberalismo económico y otorgaba al sistema democrático un papel secundario. En todo caso, Hayek argüía, se debería alcanzar una “democracia de mercado”, es decir, las ideas políticas han de estar siempre supeditadas al liberalismo económico, de lo contrario más valdría tener un sistema no democrático que garantizase el libre funcionamiento del mercado. Ideas como la “justicia social”, “la redistribución de las riquezas” y la “regulación” eran — y siguen siendo para los actuales defensores del pensamiento neoliberal –- anatema, es decir, algo maldito, fuera de la susodicha ideología.

Thatcher hizo famosas algunas afirmaciones tales como que “la sociedad no existe como tal, existen los hombres y las mujeres como individuos y también las familias”. Esta sorprendente afirmación emana igualmente de la visión de Adam Smith sobre cómo solo el puro interés personal de cada individuo, sin tener en cuenta alguna otra razón de carácter menos egoísta, puede traer prosperidad y libertad al conjunto de individuos, como si hubiese una mano invisible que equilibra las acciones de unos y de otros. También hizo famosa la dama de hierro la frase “no hay alternativa” (a la ideología neoliberal). En definitiva, no hay mejor prescripción que la de comercializar todas y cada una de las áreas de interacción humana, sin dejar lugar alguno al altruismo, la solidaridad y la responsabilidad para con los otros seres humanos y el planeta.

Visto el descalabro económico, y por ende socio-político, de los últimos tiempos, esa visión de individuos egoístas que solo buscan su propio interés, que anteponen la no interferencia en sus negocios y asuntos a cualquier otra consideración, y que creen que un modelo socio-económico que más bien se comporta como una caprichosa montaña rusa favorece la mejor de las sociedades posibles. Visto todo esto no cabe más que diagnosticar que estamos regidos por un sistema maníaco-depresivo que de no cambiar nos llevará casi con toda certeza a algún cataclismo social como la Gran Depresión de los años 30 que tuvo tan desastrosas consecuencias.

Hay mejores y más humanas alternativas a la ideología egoísta-maníaco-depresiva neoliberal.

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Pagando los platos rotos de la exuberancia irracional del mercado

Una de las piedras angulares del modelo (panacea) capitalista neoliberal que impera en nuestros días es la visión que otorga al Estado un papel mínimo, a lo sumo de mero facilitador del buen funcionamiento del mercado. Según esta ideología político-económica, el Estado ha de limitarse a las funciones de protección contra la violencia, el robo, el fraude, el pago de las deudas, y sobre todo evitar la violación de los sacrosantos contratos. Cualquier otro Estado más intervencionista, que se atreva a regular, y sobre todo a redistribuir las riquezas (que San Adam Smith no lo permita), viola el derecho de las personas a no ser forzadas a hacer ciertas cosas y es injustificable.


Pues bien, los últimos acontecimientos que han conmocionado y sacudido los mercados financieros de todo el mundo, a raíz de la crisis de crédito y la enorme burbuja especulativa del sector inmobiliario en los EEUU y otros muchos países, han echado por tierra el susodicho principio. El gobierno de los EEUU ha tenido que salir al rescate del sector financiero sacándose de sus arcas cantidades astronómicas que pueden acercarse a los tres billones de dólares (casi tres millones de millones, 2 800.000.000.000, Guardian article), una intervención sin precedentes que solo encuentra parangón en la que precedió a La Gran Depresión de los años 30. Claro está, ese dinero procede de los impuestos que los ciudadanos pagan al Estado, que pagan los platos rotos de lo que Alan Greenspan, en un lapsus mental, calificó como exuberancia irracional del mercado. En otras palabras, la supuesta e infinitamente superior y omnipotente mano invisible del mercado le pide a su bestia negra, el Estado, con ojitos de cordero degollado que la salve de la más absoluta catástrofe.


No son solo los ciudadanos norteamericanos los que pagan, en Europa y el resto del mundo también pagamos a través de nuestros bancos centrales, desde donde se han inyectado enormes cantidades de dinero en el mercado financiero norteamericano para evitar su hundimiento, arrastrándonos también hacia la crisis. Parece incluso que en algunos países (EEUU, Reino Unido, Benelux) se van a nacionalizar bancos y entidades financieras en el centro de esta debacle. Todo ese dinero que los gobiernos centrales están desembolsando no solo sale de los bolsillos de los contribuyentes, sino que además se deja de destinar a causas mucho más laudables como la educación, las infraestructuras, los sistemas de salud y otras causas sociales. Como ha apuntado Joseph Stiglitz, la crisis de Wall Street es debida a la hipocresía y avaricia de los fundamentalistas de mercado que han impuesto durante demasiado tiempo su fe ciega en la desregulación y el poder de la mano invisible.

Pues bien, es hora no solo de introducir más regulación, sino de rediseñar el sistema financiero en su conjunto. Tras la crisis de La Gran Depresión, llegó la elección en 1932 de Franklin Delano Roosevelt, quien puso sobre la mesa el famoso New Deal, que vino a significar un giro radical con respecto a la política económica anterior que se basaba en el llamado principio de laissez faire, o lo que es lo mismo, el Estado ha de limitarse a funciones mínimas que a lo sumo faciliten el buen funcionamiento de los mercados…¿suena familiar? Uno de los objetivos principales del New Deal fue el establecimiento de controles bancarios más estrictos para evitar que se pudiera provocar otro crack bursátil en el futuro, lo que funcionó bastante bien hasta la llegada en la década de los 70 de Reagan y Thatcher, tras otra gran crisis llamada crisis del petróleo, quienes lograron imponer su visión neoliberal y minimalista del Estado.

Es difícil evitar las comparaciones entre ambos acontecimientos. Ambas crisis fueron provocadas por la excesiva permisividad hacia los mercados, su exuberante irracionalidad y su exclusiva fijación en el beneficio rápido y copioso. Al igual que La Gran Depresión, esta crisis precede a unas elecciones generales en los EEUU.

Lo único que queda esperar pues es que, al igual que La Gran Depresión, esta crisis haga reflexionar a políticos y ciudadanos y que se establezcan prioridades distintas a las de enriquecer más aun a los ya ricos en la esperanza de que sus migajas nos ayuden a vivir a los demás. En el supuesto caso de que el candidato demócrata Barack Obama ganase las elecciones de noviembre de este año, debería tomar ejemplo del New Deal de Roosevelt y cortarle las alas a esas langostas financieras que cuando se hacen enjambre causan estragos en su insaciable apetito por el beneficio. Ellos jamás se van a cortar las alas, así que es la obligación de los ciudadanos el exigir a los políticos que lo hagan por nosotros.

Es hora de que se retire el tsunami neoliberal y entre la marea social-demócrata.

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