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Masoquismo ciclista

Este año vamos de nuevo a los Alpes austriacos ya que nos encantó la experiencia del año pasado. En concreto a Galtür, en los Alpes de la región de Tirol, donde hay uno de esos magníficos hoteles para familias en el que hay servicios y actividades para todos y para todo. En particular para mí, uno de los atractivos más grandes es el intentar subir en bici el Silvretta Hochalpenstrasse. Este “puertecito” de montaña de 14.5 Km y unas 32 curvas en herradura me hizo plantearme el reto el año pasado de ponerme en forma e intentar subirlo. Así que tras nuestras vacaciones en la zona en septiembre, y siempre que consiga subirlo y no me dé una pájara, pondré una líneas y unas fotos de la subida.
Pero la cosa no queda ahí. Si se me da bien el Silvretta Hochalpenstrasse y me encuentro fuerte intentaré subir el monstruo del Passo dello Stelvio (foto de abajo), puerto italiano de primerísima categoría que es famoso porque el Giro lo ha subido en numerosas ocasiones y se encuentra entre los más exigentes de la prueba ciclista italiana.

Con 24.5 Km, 2758 m. de altura (el más alto de Italia y uno de los más altos de Europa), unas rampas demoledoras y 48 curvas en herradura en la cara norte, me entra una especie de deseo irreprimible de subirlo.

Así que lo dicho, cuando regrese de los Alpes, si llego de una pieza prometo escribir unas líneas y colgar algunas fotos sobre la(s) subida(s). Debe ser masoquismo porque el hecho de subir estos puertos, a sabiendas de que voy a sufrir de lo lindo, me produce un entusiasmo y unas ganas de andar en bici por esos lugares que hacen que me recree pensar en ello.

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Silvretta Hochalpenstrasse

Debe ser mi lado masoquista, pero al recorrer este puerto de montaña durante nuestras ultimas vacaciones en los Alpes de Austria me entró un deseo irreprimible de agarrar mi bici y subir ese monstruo de puerto de 14,5 km, 32 curvas cerradas, y desniveles de hasta el 14%, que te quitan la respiración nada más verlo. Si haces click en la imagen y después la aumentas, te harás una mejor idea de la bestialidad de puerto a la que me refiero. Desde luego los habrá peores, pero en el momento de subir (en coche) no concebía esa idea, sobre todo viendo como los numerosos ciclistas que subían echaban la higailla.

Así que me he planteado el siguiente reto; “Antes de estirar la pata he de subir el Silvretta hochalpenstrasse este de los cujons porque si no no me voy tranquilo a criar malvas”. ¿Se apunta alguien?

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Una semana en los Alpes austriacos

Con este pequeño relato de nuestras primeras vacaciones como trío familiar de tres en los Alpes austriacos de Austria quisiera iniciar este bitácora blog en la telaraña mundial de la intenné.

Después de pasar casi todo el verano en el gran ducado (de Luxemburgo), que debido a unas condiciones climatológicas especialmente perrunas se hizo bastante duro de tragar, casi como una calada de un ducados negro de aquellos que te arañaban el esófago y te destrozaban los pulmones. Aun así la ilusión que nos hacía pasar una semana en los Alpes con nuestra Clara nos facilitó mucho la espera.

Decidimos tomar la ruta que atraviesa Alemania de oeste a sur en vez de pasar por Francia y Suiza. Todo hay que decirlo, y es que gran parte del atractivo de la ruta elegida fue que en Alemania las autopistas son gratuitas y las hay por doquier, así que nos levantamos tempranito y tomamos autobahn y manta. La salida fue temprana esperando que Clara, a la que no le gusta particularmente estar sentada mucho rato en el dichoso maxicosi (bueno ni en la mayoría de los asientos), no protestase demasiado.

Todo comenzó bien, pero pronto nos dimos cuenta que el hambre apretaba y, quizás debido a la falta de sueño, Helena y yo nos pusimos a fantasear sobre lo maravilloso que seria encontrar una venta donde comer unas tostás con jamón, manteca colorá o algo por el estilo en algún cruce alemán de las Cabezas. Pero pronto dejamos de delirar y nos dimos cuenta que los alemanes, a pesar de sus muchas virtudes, carecen de esa maravillosa costumbre. Incluso nos preguntábamos si les gusta comer en absoluto, porque durante cienes y cienes de kilómetros no encontramos ni una mísera estación de servicio que ofreciese aunque fuera un mísero pastelillo. Sin embargo, nuestra fe en los alemanes volvió a resurgir cuando llegamos a la desconocida ciudad de Pirmasens, en medio de ninguna parte, y en la que sin embargo encontramos un mercado repleto de productos frescos y riquísimos de los que dimos buena cuenta, como los riquísimos brezel que nos encantan.

Tras horas de Autobahn, alguna que otra obra y atasco, llegamos a nuestro destino en Brand, Austria. El primer problema que se nos presentó fue el alemán, que con el añadido del acento y peculiaridades austriacas, demostró ser un hueso duro de roer. Menos mal que Helena se defiende bastante bien, si no hubiésemos estado a base de pan y agua. Entre las peculiaridades del alemán de Austria (y según parece del sur de Alemania) está el saludo típico. Literalmente traducido “Grüß Gott” significa “saludos dios”, así que entre la altura de los Alpes y el que te saluden todo el día como a un dios uno se siente un tanto omnisciente y omnipotente. Aun así es una sensación muy pasajera, porque cuando me seguían hablando me daba cuenta que no tenía ni papa de alemán y la omnisciencia se iba al garete, y no digamos la omnipotencia, porque la impotencia que se siente es máxima cuando no puedes preguntar ni la hora.

La semana transcurrió de manera muy agradable, sana y activa. Las comidas en el hotel eran de lo más sano y nos llenaban de energía para hacer caminatas y estar pendientes de Clara, que también requiere más energía que subir más de una montaña. Ella se lo pasó muy bien siempre rodeada de niños con quien jugar y de cosas que agarrar y romper, enchufes que tocar, esquinas de mesas y sillas con las que chocar, escaleras por las que caer. Pero ahí estábamos nosotros evitando todo posible descalabro. Pensándolo bien, entre la comida sana, las caminatas por la montaña y nuestro constante correr tras la incansable de Luxemburgo, no me extraña que cayésemos tan hechos polvo en la cama por la noche. Y claro, más de uno pensará que dormíamos como benditos, pues no, la incansable también se despierta varias veces por la noche y no te deja descansar como se debería (sobre todo a la pobre de Helena). Aun así, no cambiaríamos a nuestra Clara por nada en el mundo, y mirándolo bien es una buena ayuda para no engordar demasiado.

Como anécdota curiosa aunque no divertida, a Clara le dio fiebre y le salió un sarpullido raro en las piernas, así que decidimos llevarla al médico. De nuevo hay que quitarse el sombrero ante Helena, porque si me llega a pasar a mi eso no sé que hubiese hecho. Aun así, no fue nada serio y tanto la fiebre como el sarpullido se pasaron rápido. También aprendí alguna que otra palabra en alemán y me está entrando el gusanillo de aprenderlo, aunque sea un poquito. Total que Clara se puso un poco kranke y la tuvimos que llevar a la Krankenhaus, en la que nos atendió un médico que me recordó al psiquiatra austriaco loco de la película de Billy Wilder primera plana, que a quien no la haya visto se la recomiendo ardientemente. El hombre resultó ser muy competente, y aunque la pinta que tenia no le hacia ningún favor, nos tranquilizó mucho, bueno a Helena más bien porque yo necesitaba de la traducción para tranquilizarme.

Al final nos fuimos con pena de los Alpes los cuales no nos decepcionaron lo más mínimo e incluso nos encantaría volver a repetir.

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